sábado, 13 de abril de 2013

Traición

Dos días pasaron sin que me permitiesen salir de la celda. Apenas comía del plato que me llevaban a la celda, las noches se hacían largas mientras aprovechaba los días para dormir, cambiando así mis horas de sueño, variándolas para que me fuesen útiles. No me dejaron salir a entrenar por orden de mi maestro y éste no me dirigía la palabra, sólo duras miradas que significaban que él habría matado al que me vio la cara y que no hubiese dudado. Llegué a odiarle, y el odio se incrementaba cada vez que miraba la rosa negra que guardaba en un rincón de mi celda, allí donde no pudiese verla, y que cada vez estaba más podrida.

Finalmente, tras un par de semanas de encierro, al atardecer, la puerta de la celda se abrió. Renstam entró y tras él un guardia que me quitó los grilletes. Sentí en ese momento que me quitaba un buen peso de mis manos, y la piel de mis muñecas estaba arrugada y sus músculos agarrotados. Era un alivio verme con libertad de movimientos de nuevo.
-Es el día. Espero que tengas un plan.
-Puedes estar seguro –respondí, con la voz cargada de ira.
Su sonrisa me hizo pensar que tal vez, el dejarme encerrada tanto tiempo, había sido idea suya para alimentar mi odio hacia el noble, como si pensase que había sido su culpa el que mi maestro hubiese tomado esa decisión.
-Entonces adelante. Quiero que sea limpio.
“Tenlo por seguro” Pensé

Fuimos al lugar donde se reunía aquella orden de caballeros de armaduras doradas, buscando pistas sobre dónde podría estar mi supuesto objetivo. Renstam me acompañaría y se aseguraría de ver su muerte mientras yo culminaba la tarea y luego volvía junto a él. Además, debería devolverle el presente a su cadáver. Que ingenuo podía llegar a ser en ocasiones.
Según las informaciones, se encontraba en una de las entradas más pequeñas  a la ciudad y escondidas, completamente solo. Joder, parecía que se lo estaba buscando. ¿Es que no pensaba que podrían atacarle en cualquier momento? Nos dirigimos a través de las sombras hacia aquel lugar, tratando de que no se nos viese por el camino, esquivando a otros posibles guardias y, finalmente, viéndolo a él en su puesto.
Con un gesto de cabeza, Renstam me dio el permiso para ir. Me moví entre los edificios de manera silenciosa, hasta alcanzarle, colocándome a su espalda, a la sombra de la muralla.
-Disimula, no sabes que estoy aquí. Cúbrete la boca cuando quieras preguntar algo, mira hacia la derecha para decir que estás de acuerdo y hacia la izquierda para decir que no, y escúchame–Sólo dio un pequeño respingo al principio. Al finalizar mi frase miró hacia la derecha y luego la vista al frente-. Me han ordenado matarte por lo de la rosa negra, pero no estoy a favor de esto. Nos están vigilando, así que necesito que hagas como que peleas y me desarmas para que vengan a ayudarme y entonces podremos escapar, ¿has entendido?
Él giró su cabeza hacia la derecha de nuevo y luego de llevo la mano a la boca para preguntar:
-¿Y cómo se supone que tengo que hacerlo?
-Tose –lo hizo y se quitó la mano-. Voy a tirar la flor que me diste al suelo, delante de ti, en ese momento saca tu espada, aléjate un poco actúa como si no supieses de donde viene. Puedes preguntarme quién soy y qué quiero.  Si lo has entendido gira tu cabeza a izquierda y derecha. –él lo hizo-. Bien, entonces voy a salvarte el culo. Después de esto tendremos que huir de la ciudad.

Todo fue rápido. La rosa cayó a sus pies, el sacó su espada y comenzó a mirar a su alrededor, preguntando si había alguien cerca. Después salí y me quité la máscara para que me viese mientras le decía que era su verdugo. Finalmente comenzamos a pelear. Sus movimientos eran sumamente torpes y lentos y tuve que esforzarme para parecer que lo llevaba mal, incluso tuve que guiar su arma para que me hiciese un corte en el hombro y parecer que estaba en desventaja, o mi maestro nunca vendría.
Finalmente él apareció y, justo cuando iba a atacar al joven caballero, me planté ante él, colocando mi mano en su cara y empujándolo hacia el suelo.
-Me has enseñado bien, pero creo que ya es hora de demostrar que no soy ningún aprendiz.
Clavé uno de mis cuchillos en su hombro. Él me dio un golpe en la espalda y me tiró al suelo, cuando me levanté, él también lo estaba.
-¿En serio quieres hacerlo?
Le invité a venir a por mí, volviendo a atacarle. Cortes, golpes, patadas, cuchilladas. Hasta que, finalmente, le clavé una daga bajo el brazo. Si sobrevivía tendría suerte.
-Lo siento, maestro. Te he derrotado.
Cogí al chico por un brazo, haciéndole abrir la puerta y me lo llevé de allí, escuchando cómo sonaban las campanas y los cuernos de la ciudad a nuestras espaldas. Había traicionado a la organización, al gobernador de Hannadaba y a mi propio maestro. Si al amanecer habíamos llegado a algún pueblo, tendríamos mucha suerte.

sábado, 1 de septiembre de 2012

Nuevos planes.

Cuando salí de la sala ya había amanecido. Renstam había comenzado una charla nada más llegar, preguntando por lo que había sucedido, pasando por un "has olvidado las normas" y su recordatorio de todas ellas -absolutamente todas-, y terminando en un "debes acabar con él" con la mirada más seria que había visto en sus ojos en toda mi vida. Me dirigí a la celda enfadada, aunque eso era quedarse corta al describir lo que verdaderamente sentía. Ni siquiera dejé que me pusiesen los grilletes hasta que me encontré dentro. El guardia, un chico joven a juzgar por el aroma que emanaba de él, temblaba mientras me los colocaba en el interior de la celda y no me miraba a la cara, o lo hacía con muchísima velocidad. No quería imaginarme la expresión que debía tener para darle tanto pánico.
Cuando el chico cerró y se hubo marchado no pude reprimir mi rabia. Golpeé la pared, tanto con los puños como con las piernas, deseando que no hubiese ocurrido nada esa noche, maldiciendo en todos los idiomas que conocía al noble de la armadura y su rosa negra. ¿Qué le había pasado a ese tipo? Mi ropa me delataba, sabía lo que era y qué trabajábamos al margen de la ley, es más, me había identificado sin ningún problema. Cualquier noble que nos vea y nos alcance tiene derecho a matarnos para asegurar su puesto y su vida. ¿Por qué sólo preguntó por su hermana y después me dejó marchar?
Me senté en el suelo con la espalda contra la pared, rendida por los golpes y la incomprensión de lo que había sucedido. Maldito sea él y su estúpido aspecto.
 -¡Eh, muchachita! -escuché llamar.
Miré hacia el exterior de la celda y busqué al que me llamaba, era el tipo enorme que casi me ahoga en el campo de entrenamiento. Escupí al suelo nada más verle, un gesto que indicaba un tremendo desagrado solo con su visión.
-¿Qué quieres? Ahora no estoy de humor.
-Sólo quería decirte que, por mucho que golpees la pared, no conseguirás doblar este abdomen de acero.
-Oh, por favor. Muérete un poco, ¿quieres? -gruñí dándome media vuelta para dejar de mirarle.
-Ese maestro tuyo te ha tocado la moral, verdad.
Me paré en seco. No tenía ni idea de cómo había conseguido enterarse tan pronto si yo acababa de llegar, pero ni siquiera me digné a mirarle. Me tumbé sobre el camastro dándole la espalda. No hablaría.
-Mira, aquí las noticias vuelan. Él ahora mismo está en un trabajo, y a tí te han pillado en mitad de una entrega, dicen que te quedaste mirando y no te cargaste al que te cogió. No preguntaré si es cierto -dijo al escuchar un nuevo gruñido-, pero puedo notar que te encuentras en una tesitura. Si te lo cargas, podrás seguir con la vida que llevas hasta que te consideren demasiado vieja y entonces pidas que te hagan el sacrificio; por el contrario, tienes la opción de ir a por él, cogerlo y largarte. En ese caso mandaran a varios de nosotros contra ustedes y, si no te matamos, tu tendrás que hacerlo con nosotros. En cualquiera de los casos, no dormirás tranquila.

Los últimos rayos de sol entraban por el triste ventanuco cuando mi maestro entró en su celda. Me dedicó una dura mirada mientras cerraban la puerta. Me habían concedido el día para descansar, pero no había sido capaz de pegar ojo. Me llevé toda la noche trazando un plan, una manera de escapar sin que él me viese. El caballero no merecía la muerte. Me había visto la cara, si, pero ese no era un buen motivo. Me lo llevaría y le salvaría el culo. Después, si regresaba, pediría el castigo por mis actos. Sabía que no era la muerte y que hacían que se llegase a desear, pero sería algo justo.

viernes, 16 de septiembre de 2011

Pillada

Miré al interior de la habitación por la ventana del balcón y, tal como había dicho Renstam, estaba vacía.
Observé que la ventana estaba cerrada desde dentro con un pestillo, así que colé la hoja de un cuchillo entre las dos hojas de la ventana para levantarlo y abrir la ventana.

La habitación tenía las paredes blancas y estaba iluminada por lámparas de aceite en el tocador y la mesilla de noche. Había cortinas rosadas con encajes blancos en cada ventana y del biombo de madera que se encontraba en una de las esquinas colgaba la ropa de la joven. Me bajé la máscara, el suave aroma del incienso de jazmín me produjo un sentimiento de confortabilidad. Miré hacia la cama y sentí envidia. Mostraba unas sábanas azul cielo cubiertas con una gruesa colcha con bordados de flores. Cómo me hubiese gustado tener esa vida.
Sacudí la cabeza para sacar esos pensamientos de mi mente y centrarme en la misión. Era una asesina, no una noble cursi. Saqué de los pliegues de mi ropa la nota y la deposité sobre el tocador. Eché un último vistazo a la habitación, levanté la máscara y me encaminé hacia el balcón. En ese momento se abrió la puerta y mis piernas dejaron de funcionar, miré hacia allí y vi a un joven con una armadura dorada con una expresión de sorpresa en el rostro que poco a poco fue cambiando a terror.
Me apresuré hacia el balcón, aún no me había visto el rostro y podía huir. Entonces noté una mano alrededor de mi muñeca izquierda al tiempo que una voz dulce susurraba "espera". Saqué uno de mis cuchillos con la mano derecha para matarle y no dejar pistas, pero detuvo mi mano y me llevó tras el biombo. Allí me hizo mirarle a la cara, tenía unos ojos tan oscuros que me quitaron el aliento.
-¿Qué haces en la habitación de mi hermana? ¿Te han encargado matarla? ¿Cuál es el motivo? -Dijo mientras me zarandeaba por los hombros- Habla de una vez, maldita sea.
Pero solo conseguí balbucear. Desconocía el motivo, pero me tenía completamente atrapada a pesar de que mi cuerpo estaba libre de ataduras, ¿por qué no me movía? Finalmente aclaré mi mente.
-No tengo órdenes de matar a nadie esta noche, sólo tenía que hacer un encargo.
-¿Qué encargo? -Sus manos soltaron suavemente mis hombros.
-No puedo decirlo -Me puse en pie dispuesta a marcharme, pero de nuevo agarró mi mano -. ¿Qué quieres?
-¿Sabes? He visto muchas rosas en mi vida, de muchos colores -Se puso en pie y con la mano libre retiró mi máscara mientras sus ojos examinaban los míos-. Pero hoy encontré una que, a pesar se ser una rosa muy parecida a las demás, tenía un color -De la nada sacó una rosa negra y la puso frente a mis ojos- que la hacía diferente de todas las demás y la más hermosa al mismo tiempo -Besó los pétalos y me la puso en el pelo-. Márchate antes de que te encuentren.
En cuanto recuperé el aliento corrí hacia el balcón y continué mi escalada hacia el tejado, donde Renstam me esperaba con los brazos cruzados.
-Has tardado demasiado -Sus ojos pasaron de mi rostro descubierto a la rosa de mi pelo-. Tenemos que hablar de eso, regresemos
Me puse bien la máscara, coloqué la rosa en la vaina de mi espada y le seguí.

lunes, 22 de agosto de 2011

Lecciones: La práctica siempre cuenta.

Regresamos a la sala en la que habíamos estado esa misma mañana. Renstam se acercó a la ventana y miró a través de ella, dándome la espalda y en silencio.
Los minutos pasaban, de modo que tomé la iniciativa.
-¿Qué es lo que he hecho mal? -Simplemente suspiró- Maestro, yo... no puedo aprender si no me dices cuales han sido mis fallos y...
-¡Es que has fallado en todo! -Se giró y se acercó hacia mí- ¿No te has dado cuenta? ¡Tenía un punto debil! ¿De que te han servido todos los años que he pasado entrenándote?
-Yo...
-¡Estaba muy claro! Justo por encima del cuello de su peto, tenía una herida abierta, ¿por qué no has atacado a esa herida? Habrías conseguido bajar su guardia y entonces dejarlo inconsciente de un simple golpe en la nuca.
-No la vi -Bajé la cabeza arrepentida. Él me había enseñado a fijarme en todo el físico de mi enemigo para encontrar sus puntos débiles y aprobecharlos.
Al momento recibí un golpe en la nuca y otro en cabeza. Levanté la mirada y ví a Renstam mirandome, pero ya no parecía enfadado.
-Ve a ponerte las ropas de noche y espérame a la puesta del sol frente a la puerta de la biblioteca, está a la derecha de la entrada -Me tendió un papel con una firma elegante y otra un poco más ruda-. Seguramente deban acompañarte dos guardias, entrega esto al que este de ronda por las celdas y él lo hará, la nota dice todos los detalles.
Asentí con la cabeza y salí de la sala hacia los "aposentos".

La ropa de noche era negra con motas grises, su tela era muy ligera. Llevaba placas metálicas bajo la tela, pegada al pecho, los antebrazos, los muslos y las piernas. Llamé al guardia que estaba de ronda a la hora acordada. Le entregué el papel firmado y, tras leerlo detenidamente un par de veces, abrió la puerta y me acompañó hasta la puerta de las celdas. Allí, otro guardia tomó el relevó después de leer la nota.

Llegamos al lugar acordado justo cuando llegaba Renstam con un joven que parecía noble por las ropas que llevaba.
-Sarina, este joven es Goldus, uno de los hijos del gobernador de Hannadaba, el más pequeño, y dueño de este palacio. Él nos entregó el permiso a cambio de un favor -Sacó una nota de uno de los pliegues de su ropa-. Quiere que le entreguemos esta nota a una chica.
Le hice una reverencia al joven.
-Lo haremos lo mejor que podamos.
Los soldados nos quitaron los grilletes y salimos del palacio.

Ya estaba oscuro cuando Renstam se detuvo frente a una casa y la señaló.
-Es esta.
-¿Por qué no ha venido él a entregarla? -Pregunté.
-Porque los nobles no se arriesgan a salir de sus palacios durante la noche, cuando pueden ser atacados por nosotros.
Suspiré y me dediqué a preguntar.
-¿Qué tenemos que hacer?
-Tienes que escalar hasta el balcón del tercer piso sin que te vean, luego entrar en la habitación y dejar la nota sobre el tocador. A estas horas ella estará cenando, pero tienes que darte prisa.
-¿Yo sola?
-Tienes que empezar a aprender. Te espero arriba, en el tejado. Voy a escalar por otra zona -Y simplemente se marchó de mi lado.
Tomé carrerilla para escalar el muro y me agarré a una ventana. Me encontré con que la fachada no tenía apenas salientes a los que sujetarse para poder subir.

Después de lo que me parecieron horas, llegué al balcón indicado.

martes, 12 de abril de 2011

Juego // Entrenamientos

Haciendo un pequeño paréntesis en la historia, voy a escribir algo que me ha pedido Kurohime-sama. Se trata de un juego en el que hay que abrir la página 89 del libro que se esté leyendo y escribir la linea o frase 5.

El libro que me estoy leyendo ahora mismo se titula "El camino de las sombras" de Brent Weeks. Y dice así:
"Roth o algún otro mayor tomaría las riendas de la hermandad, y Azoth volvería a tener miedo, como si nada hubiera pasado"

Para terminar tengo que decir a 3 personas para que sigan este juego:
-Silvia Prieto: http://shadowsontinkerbell.blogspot.com/

Una vez finalizado el juego, continuo con la historia:


Me agaché para esquivar el puñetazo que me lanzaba a la cara, negándome a atacar.
-¡Deja de moverte para que pueda modificar esa linda carita! -Me rugió mientras me deslizaba hasta su espalda.
Se había formado un corrillo a nuestro alrededor, todos deseosos de un poco de sangre. Busqué a Renstam con la mirada en un momento de descanso que se tomaba mi contrincante, lo encontré justo detrás de este. Me observaba completamente serio y asintió con la cabeza.
La señal fue más que suficiente. Le lancé un puñetazo a la boca del estómago con la fuerza suficiente para tumbar a un hombre adulto y con algo de musculatura. Sonó un crujido procedente de mi mano y un calambre me recorrió todo el brazo; no había contado con el que sus músculos tuviesen la dureza del acero.
Mientras sacudía la mano por el dolor, él me agarró del cuello de la chaqueta y dejé de sentir el suelo bajo mis pies. Me llevó a la altura de sus ojos, uno gris y el otro marcado por la sangre. Vi como su mano se cerraba en un puño y cerré los ojos preparándome para recibir un golpe de dolor.
Ese golpe no llegó, cuando abrí uno de mis ojos vi que una mano le estaba sujetando el puño y dos jóvenes tiraban del que me tenía levantada hacia abajo sin ningún éxito.
-Ya es suficiente, bájala -La voz de mi maestro tenía un tono de decepción.
Prácticamente me tiró al suelo cuando lo hizo, y yo me quedé sentada pensando en lo que acababa de suceder.
-Tienes que volver a entrenar. No todas las victimas son delgaduchas y cobardes como las que teníamos antes -Renstam me ayudó a ponerme en pie y se encaminó hacia el edificio-. Ven, ahora comenzaré a entrenarte de verdad.
Le seguí corriendo mientras un sentimiento de ira iba apareciendo en mi interior.

lunes, 11 de abril de 2011

Nuevo hogar

Amanecía cuando me desperté sentada en el suelo, y algo asustada al no reconocer el lugar en el que me encontraba. Unos segundos más tarde recordé lo ocurrido el día anterior y entonces me calmé.
Me levanté del suelo, me acerqué a los barrotes de mi celda y observé el interior de las demás. Una de ellas estaba vacía. En otra le estaban colocando los grilletes a un asesino cuyos brazos musculosos asomaban por un peto sin mangas, seguramente para demostrar su fuerza.
Entonces, un movimiento en la celda de enfrente me llamó la atención. Mi maestro se había levantado y ahora me miraba atentamente. Me sorprendió ver que llevaba la capucha quitada, por lo que podía verle una melena negra rizada recogida en una coleta baja y una mirada penetrante que provenía de sus ojos, uno del rojo de la sangre (la marca de un nacido para el asesinato) y el otro tan oscuro que parecía negro.
-¿Lista para comenzar el entrenamiento?
Salí de mi mente y asentí con la cabeza. Llamó al guardia que acababa de salir de la celda del asesino musculoso y habló con él.

Entramos en una sala pequeña en la que se encontraban varios muñecos de entrenamiento, mapas y libros de diferentes temáticas en algunas estanterías, en el centro de la habitación había una mesa redonda con un mapa sobre ella. Me acerqué a una de las estanterrías y recogí un libro con el título "Venenos de Diliatar y cómo fabricarlos". Lo abrí y observé que contenía algunas anotaciones a mano, supuse que para mejorar sus efectos.
-Ven, tengo que esplicarte algo -Cerré el libro y me acerqué a la mesa donde se encontraba apoyado sobre sobre un nuevo mapa-. Bien, quiero que observes y me digas qué diferendias encuentras con la ciudad donde vivíamos.
Observé con detenimiento y, al principio no notaba ninguna, pero luego me percaté:
-Las calles, son rectas y anchas. Apenas hay un sitio donde esconderse y podría dificultar el salto de un tejado a otro.
-Bien, ahora mira por esa ventana -Dijo señalandola.
Obedecí y miré los edificios, todos altos y sin ninguna comunicación con los que tenían frente a ellos.
Miré a Renstam y él se acercó. Me puso una mano sobre los hombros. Junto a él me sentía muy pequeña y casi indefensa. Nunca había estado tan cerca y me di cuenta de que le llegaba justo al pecho.
-Pediré permiso al gobernador para que esta noche nos permita salir a entrenar a las calles. Te enseñaré a cruzar esas distancias y a convertirte en una verdadera sombra. Antes no te hacía falta, tu antigua ciudad ofrecía buenos escondites y apenas era necesario usar los talentos de un asesino. Aquí serás puesta a prueba de verdad.

Salimos al patio a entrenar con los demás asesinos. Los hombres estaban sin camisa, algunos golpeaban cuerpo a cuerpo a otros que se defendían de los golpes. Mientras observaba esto, choqué con lo que me pareció un muro de piedra que me tiró al suelo aturdida. Alcé la mirada y vi al joven musculoso de la celda con el rostro ensombrecido...

domingo, 21 de noviembre de 2010

Llegada

El carro-celda en el que estábamos mi maestro y yo se detuvo a las puertas de la inmensa muralla de piedra de la ciudad.
-¿Quién va? -Hablaron desde la muralla, aunque no hizo falta respuesta- ¡Abrid las puertas!
Al instante, las puertas se abrieron poco a poco y el carro se puso en marcha.
El que mi maestro y yo estuviésemos encadenados entre nosotros no suponía ningún problema para que yo me agarrase a los barrotes para ver mejor mi nueva ciudad.
Avanzamos por la calle principal, que estaba llena de comercios, gente de ricas vestiduras y edificios enormes. Varios arcos de mármol me hacían sentir pequeña.
Algunos niños se acercaron, agarraron los barrotes y corrieron a nuestro lado. Uno de ellos llamó mi atención, tenía un ojo verde y el otro como el de los marcados para el asesinato y sentí pena por él. Una de sus pequeñas manos me agarro del pantalón y me miró sonriente, yo le cogí la mano con un pequeño apretón, se la besé y le susurré.
-Que la paz viva en tu corazón -le miré a los ojos-, cuando llegue el momento.
El niño me soltó y se quedó quieto. Entonces, con un tirón firme de las cadenas, mi maestro me separó de los barrotes y se puso tan cerca de mí que la punta de su nariz casi podía rozar la mía.
-No vuelvas a hacerlo, vendrán a buscarle dentro de uno o dos años. Con eso solo conseguirás asustarle antes de tiempo.
Bajé la cabeza arrepentida esperando el clásico golpe en mi nuca.
-Perdón, maestro.
Me dio un suave golpe y levanté la mirada. Me mostraba las cadenas con los grilletes.
-No tengo tanta libertad de movimiento como para darte como es debido.
Entonces se cruzó de brazos y se mantuvo callado hasta que nos detuvimos delante de lo que parecía ser el palacio.

Unos guardias nos condujeron hasta los "aposentos" de los asesinos Hannadabianos. Muchos de ellos estaban ocupados mirando sus manos, supuse que arrepintiéndose de los asesinatos errados; otros nos miraron y otros se acercaron a los barrotes para mirar más de cerca. Comencé a sentirme incómoda.
-Esto no ocurría en casa -Le dije a Renstam, mi maestro, en un susurro.
-Allí ya nos conocían. Para esta gente no somos más que novatos.
Se detuvieron ante dos celdas, una frente a la otra, vacías y soltaron las cadenas que nos unían para ponernos nuevos grilletes por separados. En ese momento, él me dijo.
-He pedido que me traigan un mapa de la ciudad para estudiarla y conocerla. Mañana comenzaré a enseñarte como moverte en este lugar -Comenzaron a separarnos y elevó un poco la voz- las estructuras son diferentes, recuerdalo.
La celda se cerró, me senté en el suelo apoyada contra la pared y tomé la decisión de descansar hasta el día siguiente en esa posición.